La esperanza (en los otros)

Luis Guillermo Blanco

Según su acepción que aquí nos interesa, el Diccionario de la Real Academia Española dice que la esperanza es el “estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Dar esperanza a alguien, es “darle a entender que puede lograr lo que solicita o desea”. En tanto que esperar es “tener esperanza de conseguir lo que se desea”. Y alimentarse alguien de esperanza, significa “esperar, con poco fundamento, que se conseguirá lo deseado o pretendido”.

Pero a veces tener esperanza o esperar, y más aún alimentarse de esperanza, puede convertirse en una suerte de tormento. Cuando la esperanza importa una auténtica fantasía (en algunos casos, delirante) de que acontezca lo improbable, sino lo imposible. En particular, cuando se tiene esperanza de lograr algo de otro, cuando se espera algo de otro (aún comprensión, apoyo afectivo o económico, etcétera), y ese otro no quiere (por impotencia, envidia, celos, malicia, farsa o embuste) o no puede (consciente o inconscientemente) brindar aquello que se espera de él. Realidad perfectamente descrita en el viejo refrán “pedirle peras al olmo”: Esperar en vano de alguien lo que naturalmente no puede provenir de su educación, de su carácter o de su conducta. O de su caracteropatía o psicopatología. En fin, una esperanza o espera inocente, viciada de credulidad (aquí masoquista, cuando ya se han padecido anteriores fraudes en las expectativas), una suerte de negación de saber la posibilidad cierta de no poder conseguir lo anhelado, sea lo que fuere, y las más de las veces, estresante.

Es otra realidad, a la cual también alude otro antiguo refrán: “El que espera, desespera”. Porque, en general, la espera genera impaciencia. Pero no sólo eso. Ya que la espera previa a un acontecimiento importante, si no es prudentemente llevada, con templanza, siempre es insoportable, fastidiosa y genera ansiedad. En suma, puede causar angustia y dañar (El Litoral, 15/7/09). Y además, “los poetas nos enseñaron, hace mucho tiempo, que se puede torturar con la esperanza” (Louis Pawells y Jacques Bergier). Hay “especialistas” en ello.

¿Y entonces qué? Podríamos recordar que “la vida es aquello que pasa mientras hacemos planes para el futuro” (John Lennon), y que en esos planes pueden estar tales o cuales esperanzas, por lo anterior, sabiéndolas desbaratadas de antemano o siendo frustradas sobre la marcha. Darse cuenta de ello, sepultarlas, es sano: dejar de esperar imposibles, abrirse a la vida, y buscar otras soluciones. Puede ser difícil. Pero también se puede intentar hacer “que los acontecimientos contra los que nada podamos no puedan nada contra nosotros” (Pawells y Bergier). Esas esperanzas que se sabe que el otro no habrá de satisfacerlas, y de quién nada se puede esperar (vg., ante anteriores promesas incumplidas cuyo logro se deseaba o necesitaba).

De allí que se haya dicho que “el que no espera nada de los hombres es superior a todos los hombres” (Amado Nervo), o más irónicamente: “Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados” (Les Luthiers). Pero ser traicionado o defraudado en la esperanza puesta en otro acongoja. Pues bien: “No permitas la pena y no la sufrirás” (Lao Tse). Para lo cual no hace falta practicar el estoicismo, sino que basta con la autoestima y saber adoptar una decisión acertada en esa oportunidad (El Litoral, 28/7/09).

            ¿Y qué “la esperanza es lo último que se pierde”? Puede serlo. Pero más allá de los orígenes de este dicho (que se remonta y se debe al mito griego de la Caja de Pandora), en ocasiones se pierde irremediablemente. Y así, puede ser verdad que “el más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida” (Federico García Lorca). Pero en determinados momentos es beneficioso perderla.  Porque, de poder hacerlo y correctamente elaborado, es también una toma de conciencia de la realidad. Y con ello, dejar de fantasear y de mortificarse, buscando nuevas salidas y soluciones.

            Comportándose tal como cantaba el grupo de rock nacional Vox Dei: “Hoy empiezo a ver con más claridad los que me rodean veo quién es quién y en quién puedo creer, cuando parece que el mundo acabara y la tierra cede bajo mis pies
y cuando ya nunca amanecerá el sol sale otra vez” (Ricardo Soulé).

            Quién es quién. En quién se puede confiar, en quién se puede depositar la propia esperanza. “El problema con alguna gente es que cuando no están borrachos están sobrios” (Willam Butler Yeats). En este tipo de gente, obviamente no. Pero sí en aquellos que saben contar historias, y hacerlas realidad. Como en el tango de Mario Iaquinandi “Contame una historia”, con música de Eladia Blázquez (1966): “Contame una historia distinta de todas, un lindo balurdo que invite a soñar. Quitame esta mufa de verme por dentro y este olor a muerte de mi soledad. Batime que existen amigos derechos, mujeres enteras que saben querer. Y tipos con tela que se abren el pecho, si ven que la vida te puso en el riel”. En fin, gente confiable en la cual lo que se espera de ellos, tarde o temprano y como fuere, se concreta. Aquellos que hacen que nuestras esperanzas se hagan realidad. ¿Qué son pocos? Los hay.

 Edición vespertina de diario El Litoral del dia viernes 10 de septiembre de 2010