Superar la adversidad

 Luis Guillermo Blanco

 Intentar huir de una adversidad real y dolorosa o negarla es inútil, pues seguirá existiendo. Es cierto que “no hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada” (Nietzsche).

 

Más o menos recientemente, un grupo de investigadores de la Universidad de Búffalo (Nueva York, EE.UU.) han dicho que enfrentarse a una cantidad moderada de adversidad en la vida puede beneficiar la salud mental y aumentar el bienestar personal, al fortalecer la adaptabilidad a las circunstancias y ayudar a desarrollar la resistencia psicológica. Afirmando que aquellos individuos con una historia personal de cierta adversidad tendían a experimentar una angustia emocional más baja, así como menos impedimentos en su funcionamiento cotidiano, una reducción en los síntomas de estrés postraumático y una mayor satisfacción vital, comparados con aquellos que sufrieron muchos reveses o prácticamente ninguno.

Puede decirse que es verdad, pues existen personas que se han levantado estoica y dignamente de situaciones desgraciadas en las que se encontraban, que podrían haber sido catastróficas para otros. Pero obviamente, “moderada” y “cierta” son aquí términos relativos. Porque la forma en que tal o cual infortunio impacte en cada persona dependerá de cuál sea aquél (vg., pensemos en una madre primeriza que ha perdido a su hijo recién nacido) y/o de quién provenga (en su caso), así como también de cuándo, cómo y dónde acontezca. Y primordialmente, de la propia subjetividad de quién lo padezca. Es decir, del carácter y de la fortaleza psíquica y moral de cada uno. Que no en todos “son” idénticas.

La opinión de esos investigadores nos trae a la memoria un dicho popular: “lo que no mata, fortalece”. El cual, al parecer, deriva de un aserto de Friedrich Nietzsche: “En la guerra de la vida, lo que no me mata me hace más fuerte”. Admitamos que efectivamente es así. Pero, ¿a qué precio? El de la profundidad de las heridas físicas, psíquicas, afectivas o morales, y de su tiempo de cura, apaciguamiento o cicatrización, que no es igual para todos. ¿Qué “a golpes se hace el hombre”? A golpes también cae, enferma o muere. Diremos que se tratase de una cuestión de “intensidad” de la adversidad que fuere, y de cómo la enfrente, asimile y elabore (o no) cada cuál. Pues si “el conocimiento de la desgracia libera de la espera, de la incertidumbre, de la angustia” y “los fracasos robustecen a los fuertes” (Antoine de Saint-Exupéry), algunos otros, por ejemplo, preferirán servirse “de su neurosis como una excusa para no tener que resolver sus problemas vitales más urgentes” (Carl G. Jung) o emborrachar su corazón “para después poder brindar por los fracasos del amor” (Enrique Cadícamo).

Además, “a veces, afectados por un dolor muy grave, algunos individuos sienten sus propias emociones completamente bloqueadas”. Se debe a su incapacidad de desahogarse, que podrán desarrollar o no. Conservando a ese dolor para más adelante derrumbarse, o hacer de él una razón de su vida, buscando permanentemente compasión y consuelo. Lo cual es insano, pues “todo sufrimiento tiene que ser afrontado. Es una prueba dura, a veces atroz, pero no podemos permitir que nos lleve a la locura” (Andrée Roberti), a la depresión o a cualquier trauma. Ni tratar de evadirlo, sea negándolo, cayendo en la apatía, en un aislamiento psíquico o recurriendo a falsos medios evasivos (alcohol, drogas, psicofármacos automedicados). Como el bebedor de “El Principito” de Saint-Exupéry, que bebía para olvidar que tenía vergüenza de beber.

Porque intentar huir de una adversidad real y dolorosa o negarla es inútil, pues seguirá existiendo. Y “la negativa a afrontar y asumir una parte de la realidad no conduce al éxito deseado” (Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke). Aquí, a intentar superarla. Y tal vez lograrlo. Porque es cierto que “no hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada” (Nietzsche). Esto último, con realismo, entereza y prudencia. En tanto y en cuanto uno no rinda pleitesía al fatalismo o al derrotismo ante la adversidad, cayendo en una auténtica agonía psíquica.

¿Que el tiempo todo lo cura? Pues bien, ¿cuánto tiempo? En ocasiones, habrá que darle tiempo al tiempo. Pero no demasiado. ¿Y que “no hay mal que dure cien años”? La llamada “Guerra de los cien años” duró casi 116 años (1337-1453). Y son muy pocas las personas que viven cien años o más. ¿Y si alguno de esos centenarios sufrió una contingencia desastrosa a sus 50 años de edad? ¿Necesitaría vivir 101 años más para superarla? No seamos necios ni nos conformemos mansamente con falsos consuelos.

En fin, “quien tiene algo por que vivir, es capaz de soportar (enfrentar) a todos los ‘cómo'” (Nietzsche). A todas las adversidades. Puede que no sea fácil. Pero tampoco tiene por qué ser imposible. Cuando uno lo intenta, ya ha dejado de serlo. Porque “no seremos vencidos mientras conservemos la voluntad de vencer” (Anatole France) y la pongamos en marcha. Pero preferentemente, cuando corresponde, con asistencia psicológica y/o psiquiátrica. Porque, más allá de alguna engreída omnipotencia narcisista (o de algún masoquismo enmascarado),  el razonamiento y la buena voluntad pueden no ser suficientes.

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