Preguntas, afectos, mentiras y respuestas

 Luis Guillermo Blanco

 

Alguien pregunta: “¿Me querés?” Y su interlocutor, en lugar de decirle algo acaramelado, le contesta: “No. Estoy con vos por hobby”. No parece ser una respuesta afectivamente agradable, salvo que, aunque pueda parecer (o ser) irónica o sarcástica, se la tome con buen humor. Como fuera, toda pregunta merece ser contestada, aún las más necias, inquisitivas o fastidiosas. Porque “el silencio es la forma más perfecta del menosprecio” (George B. Shaw) y, si la respuesta es sincera, puede llegar a aceptarse como válido que “la palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio” (Friedrich Nietzsche).  Pero “un buen orador no se equivoca ni ofende” (Lao-Tsé). Una respuesta veraz, aunque uno no sea un buen orador, tampoco tiene por qué ser ofensiva.

Pero suele suceder que quienes nos hacen una pregunta que, sin embargo, no quieren que les contestemos con veracidad, esperan a su modo una respuesta que no quieren oír. Pues bien, si preguntaron y obtuvieron una respuesta honesta de ese tipo, que la acepten; y si se ofenden, allá ellos. Pero también se les puede contestar con una mentira. Y aún con “mentiras piadosas” (como aquellas a las alude Joaquín Sabina, pero mentiras al fin). Y el otro, si no la considera categóricamente insatisfactoria, puede conformarse con ello, o aparentar haber quedado satisfecho. Es peligroso. Porque, en ocasiones, ambos están aceptando así ser actores de un juego macabro. Ya que “para que una mentira se sostenga, tienes que mentir cien veces más, porque una mentira solo se sostiene con mentiras mayores” (Osho). Pudiendo válidamente pensarse que “lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti” (Nietzsche). Y lo patológico aparece cuando este lamentable tipo de diálogo se torna habitual. Hasta que, por el motivo que fuera, tal vez llegue a su fin. “El juego se había extinguido. Permanecí mucho rato en el lodo y esperé, en vano” (Hermann Hesse). Pero “la verdad es como las estrellas; no surge sino de las tinieblas de la noche” (Khalil Gibrán).

No es todo. Ten en cuenta a quién le preguntas. Ya que, por lo común, “sólo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder” (Nietzsche). Y es posible que quién te conteste sea un charlatán, que opinará cualquier cosa, menos lo que tú deseas o necesitas saber o averiguar (El Litoral, 26/6/09). Y tampoco creas que toda respuesta bienintencionada te será provechosa. Porque “incluso la buena intención en manos de una persona inconsciente se vuelve venenosa” (Osho) y “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” (Shaw). Ni esperes de todos la misma respuesta. Pues toda respuesta será la propia de quién te conteste. Y de allí que las respuestas puedan ser diversas. Imaginemos que la pregunta versa sobre una rosa. “Cuando miras una rosa de forma científica… No es la misma rosa que experimenta el poeta” (Osho). Y tampoco es aquella “rosa” que el Principito decía que había que aprender a conocer, ya que “eres responsable de tu rosa” (Antoine de Saint-Exupèry). Así como también de que marchite. Sino también tú, con ella. O tú sólo.

En un conocido tango, un hombre acosado por su propio calvario de dudas e interrogantes nos cuenta que “un coro de fantasmas que gritan en las sombras preguntan y preguntan, preguntan por que lloro…  por que no la maldigo, por que la quise tanto” (Rodolfo M. Taboada). La respuesta es sencilla. Porque ese hombre no celebró aún el duelo de la separación y la continúa queriendo, y -como se sigue de la misma letra de este tango-, angustiado por ello, todavía la espera en vano. Y por lo tanto, no tiene respuestas que dar. Ni, lo que es peor, que darse a sí mismo. Pero tampoco creemos que sea necesario llegar al grado de estoicismo que resulta de la letra de otro tango, dónde la respuesta viene dada por una no muy convincente indiferencia: “no sufro por tu abandono ni siquiera guardo encono: lo que has hecho vos sabrás. No es rara mi indiferencia, lo raro es tu inconsecuencia, y no te puedo culpar. Por tu voluntad viniste, por tu voluntad de fuiste, ¿Qué te puedo reprochar? El sol todas las mañanas también llega a mi ventana y como viene se va” (Manuel A. Meaños). Salvo que, más allá de esa extraña entereza, se lamente en soledad: “nadie ve las lágrimas cuando lloras en la lluvia” (David Coverdale). En tanto que un “viejo rencor” provocado por una traición de la mujer amada, a quién se dice odiar, también puede generar interrogantes: “Si ya me has muerto una vez ¿por qué llevaré la muerte en mi ser?”, “La odio por el daño de mi amor deshecho y por una duda que me escarba el pecho. No repitas nunca lo que vi’ a decirte: rencor, tengo miedo de que seas amor” (Luis C. Amadori). En términos lacanianos (odioamoración), su miedo es cierto. Y por ello, esa angustiante “duda” es aquí insuperable, pues, a su modo, este varón despechado se miente a sí mismo.

Preguntarle a otro; preguntarse a sí mismo. En cuestiones de afectos, casi nunca es fácil. Parecería que todo depende de la respuesta que otro le brinde o que uno se dé. Pero sólo si se contenta con ella.

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